¿Qué significa la Internacionalización?

Luis Castillo headshot 2Escribe:
Dr. Luis Jaime Castillo Butters
Asesor de Internacionalización
Asamblea Nacional de Rectores

La internacionalización de la educación superior es a la vez un proceso de transformación institucional continua y un valor esencial de las instituciones de educación superior. Reside en las acciones y actividades que realizamos, en particular las que nos obligan a cruzar una frontera, real o imaginaria. Se basa en las experiencias que traemos, en las habilidades y limitaciones, en las competencias lingüísticas y en la tolerancia por la diferencia. Se nutre de la interculturalidad y retroalimenta nuestras motivaciones con verdaderas experiencia donde ponemos a prueba nuestra tolerancia, paciencia y capacidad de interacción.

La internacionalización desbarata nuestros prejuicios, pues nos expone a la realidad y no a las imágenes preconcebidas que nos hemos formado de lo otro, nos demuestra que no somos tan malos ni tan buenos como solemos juzgar, y que los otros tampoco lo son. La internacionalización es apertura y a la vez es revaloración de los valores propios y auténticos. Pero también la internacionalización puede significar alineación, intoleran

cia, brain drain, discriminación, explotación, dependencia económica, desarraigo y marginalidad. Nuestra tarea, mas allá de cuan internacionalizada podamos lograr hacer a nuestras instituciones es que, en la experiencia individual, se maximicen sus beneficios y se minimicen sus perjuicios.

La Internacionalización de la Educación Superior

La Universidad, desde sus orígenes, se planteó como un quehacer que no reconocía fronteras ni límites políticos. En un mundo dominado por el oscurantismo y la faccionalización, las primeras universidades fueron islas de apertura e inclusión, donde un selecto número de profesores y alumnos recorrían Europa en búsqueda del conocimiento y el saber que generosamente compartían las personas más iluminadas. Pero si las instituciones de educación superior están naturalmente dotadas y predispuestas para la internacionalización, ¿por qué casi mil años después de su origen nos ponemos hoy como objetivo internacionalizar las universidades? Aparentemente, en su desarrollo, estas han degenerado formas y formulas que impiden la movilización de personas e ideas, que limitan la comunicación a través de programas académicos cerrados, requisitos imposibles, o tarifas impagables. Sea adrede o por causas fortuitas, lo cierto es que el panorama universitario mundial presenta hoy una gama muy variada de actitudes y predisposiciones hacia la internacionalización.

Generalmente reconocemos que las universidades más avanzadas, o mejor rankeadas en el argot de nuestros días, son, además, las más internacionalizadas, mientras que es común que las más atrasadas, o menos rankeadas,  sean, a la vez, las más insulares. En las grandes universidades del mundo encontramos una verdadera torre de babel de lenguas e ideas, con un gran número de profesores y estudiantes extranjeros, de alumnos que realizan estudios de pre y post grado, de publicaciones multilingües, de adhesiones a instituciones internacionales, de libros y revistas extranjeras disponibles en las bibliotecas, etc. Pero la internacionalización no solo es competencia individual de las universidades ni un privilegio de las antiguas y ricas, a veces todo un sistema puede ser encausado por la senda correcta. Por ejemplo, y a decir de muchos europeos, el Programa Erasmus, por el que cientos de miles de estudiantes pasan un periodo de intercambio en otra universidad, está construyendo la verdadera Unión Europa. Su antecesor, el Programa Sócrates, al movilizas los primeros estudiantes generó tanto caos burocrático por las limitaciones que las universidades imponían, por la imposibilidad de reconocer créditos y convalidar grado y títulos, que los europeos tuvieron que acordar construir el Espacio Europeo de Educación Superior. En él cualquier ciudadano de la UE puede iniciar su formación en una país y acabarla en otro, puede transferir créditos usando el sistema ECTS (European Credit Transfer System), recibe una adición a su diploma que explica el tipo de experiencia internacional que tuvo durante su formación y goza fuera de su país de todas las ventajas a las que tiene derecho en casa. En síntesis, el Proceso de Bolonia, que es el nombre que recibe este programa radical de internacionalización universitaria,  ha armonizado la educación superior en el Viejo Continente, regresando, ojala a su esencia original.

Paradójicamente, un número mucho mayor de universidades corresponden a la realidad opuesta, habiendo logrado desarrollar, a veces con mucho orgullo, todo tipo de mecanismos institucionales que obstruyen cualquier intento de apertura, impidiendo que los alumnos se muevan, limitando el conocimiento y excluyendo a los de fuera. Estas instituciones son, además, altamente endogámicas, puesto que solo reconocen calidad en lo propio. Se aducen razones económicas para explicar estas diferencias, y ciertamente la falta de recursos impiden muchas cosas, pero ejemplos de universidades modestas pero altamente internacionalizadas abundan en el mundo.

Procesos y Valores

La internacionalización de la educación superior es un proceso permanente. Parecería que esta afirmación nos condena a gastar interminables sumas de dinero que mejor podrían emplearse en otra cosa. Pero si comparamos la internacionalización con la búsqueda de la calidad nos queda claro que la calidad es un proceso y que su búsqueda es permanente. Siempre hay alguna manera de hacer las cosas mejor, y una predisposición hacia la calidad implicará estar abiertos hacia ella. También implica que constantemente estemos midiendo la calidad en función de parámetros que permitan asegurar que las cosas se están haciendo correcta y eficientemente. La búsqueda de la calidad puede iniciarse en un ámbito restringido (la oferta académica, por ejemplo), pero rápidamente nos percatamos que se extiende e influencia todo orden de cosas, desde los laboratorios a los servicios más básicos. La internacionalización es, igualmente, un proceso por el que se prefiere lo que tenga un contenido diverso, lo que se ciña a un estándar internacional, lo que vincule y obligue a la interacción, sobre lo que sólo mire hacia adentro, se mida solamente con parámetros locales, lo que confine o fuerce al aislamiento. Al igual que la búsqueda de la calidad podrá iniciarse en un punto o proceso concreto para luego extenderse e influir en todo orden de cosas. Después de haber estado en una biblioteca abierta, nuestras bibliotecas de ficha y mostrador resultan inaceptables. Después de debatir la crisis mundial con alumnos de Lund, en Suecia; Cracovia, en Polonia; Göttingen, en Alemania; Pompeu Fabra y Alicante, en España; Córdoba en Argentina; la Javeriana, en Colombia; y Austin, en los Estados Unidos, volver a nuestra aula estrictamente nacional resulta, por decir lo menos, claustrofóbico.

De la discusión precedente se puede colegir que la Internacionalización es no sólo un proceso dinámico y adaptable, sino que muchos elementos constantes en ella también la convierten en un valor. Pero claro, puesta al lado de valores tan sagrados como el respeto y la tolerancia, la inclusión y la no discriminación, la libertad de pensamiento y de investigación, la propensión al bien común, y la búsqueda de la calidad, la internacionalización parece hija de un dios menor. Sus tonos alienantes y globalizantes la tiñen de un pragmatismo que la excluye de la arena de los grandes jugadores en el foro de la axiología universitaria. En todo caso, se ubicara por debajo de estos en la jerarquía de los valores que reconocemos.

Como valor, propende a un fin y contribuye con la consecución de otros valores, en este caso la pertinencia y adaptabilidad, la interculturalidad, la tolerancia, la búsqueda del conocimiento, etc.  Si enarbolamos la bandera de la internacionalización, y estamos decididos a defender este valor como constitutivo de nuestra identidad, entonces una cadena de eventos, estándares, criterios, principios y procedimientos se generarán casi de manera automática, como se genera de manera espontánea en relación con los grandes valores que reconocemos. Así, como no se nos ocurriría contratar a un discriminador, a un racista o a una persona cuyas ideas impidan el desarrollo del conocimiento, tampoco contrataríamos a alguien que no hable inglés, francés, alemán, chino o japonés, que no use la Internet, o que desconozca el valor de la interculturalidad. Ni siquiera nos lo plantearíamos, ni necesitaríamos una orden expresa y ejecutiva que norme este proceder.

Pero como valor, y no necesariamente como una acción o actividad concreta, la internacionalización puede empedrar el ancho camino de las buenas intenciones. Podemos más fácilmente sancionar la falta de coherencia con un valor, la falta de tolerancia o la discriminación, por ejemplo, pero actuar positivamente sobre un valor resulta menos evidente. Reconocido como valor y aspiración, y reconociendo también que no estamos tan internacionalizados como querríamos estar, ahora requerimos de un de un plan para pasar del grado de internacionalización en el que estamos al que aspiramos a estar.

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Acerca de anrinternacional

Somos la Dir. General de Relaciones Internacionales y Cooperación de la ANR de Perú y ponemos a tu disposición información sobre universidades peruanas, extranjeras y programas de becas.
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